domingo, 22 de julio de 2018

Dionisio

No había pegado el ojo en toda la noche, así que abandonó la cama antes del amanecer, se vistió y evitando hacer el menor ruido, salió de su casa con rumbo a la parroquia.
Al cruzar la puerta del patio trasero de la iglesia, escuchó de inmediato los gritos estridentes de Dorotea: -¡A maríaaaa! ¡A, a, a, maríaaaaaa! –
 El padre Aniceto se asomó por la ventana de la cocina y se sorprendió al ver al nieto de doña Chinta  en la puerta del patio.
-¡A, a, a, maríaaaaaa! – Dorotea caminaba de un lado a otro de la pajarera, dando pequeños saltitos y extendiendo sus blanquísimas alas.
-Ya, ya, ya lo vi Dorotea, ya lo vi. Le dio al pájaro una galleta y una sonrisa  al tiempo que decía: - Pasa Dionisio, pasa. ¿Qué te trae por aquí a estas horas?
-El muchacho le contestó titubeante.- Vi… vine por… porque  quie… quiero confesarme, no… no… he podido dormir bien des…desde  hace días pa… padre.
¡Vaya! ¿Y no podías esperar a la tarde?
-No… no, padre, por… por eso vine antes de la misa de seis,  entro a clases a las siete.
-Está bien, pasa y espérame en la sacristía, ahora voy.
Una vez descargada la conciencia, Dionisio volvió a casa pensando en su penitencia. Doña Chinta aún no se había levantado por lo que aprovechó para preparar el café y calentar la leche con canela, luego bajó de la alacena una lata grande y redonda de la que sacó cuatro bizcochos de mantequilla y los puso en un plato en el centro de la mesa.
Miró a su alrededor y se topó con el nicho donde reposaba la aberrante imagen de San Dionisio, de pie, vestido con sus hábitos talares ensangrentados y la cabeza cercenada sostenida con sus manos a la altura de su pecho.  En eso estaba cuando escuchó pasos. 
-¡Qué rico es despertar con ese aroma! ¿Qué te pasó Dionisio? ¿Te caíste de la cama? –
- Buenos días abuela- El muchacho le dio un beso al tiempo que le ofrecía la silla. - Aquí está tu cafecito con leche, bien caliente como a ti te gusta-
- ¿Qué te traes hijo?
- Nada-
-Mmmm, ¿nada?
-Nada abuela, nada. Me levanté temprano, eso es todo.
-Bien, si es así, demos gracias.
Doña Chinta era tan ferviente con su religión que toda su conversación versaba en las actividades de la iglesia. En esa ocasión habló con entusiasmo de todos los preparativos para las fiestas de la parroquia que tendrían lugar al día siguiente y le pidió a su nieto que fuera al mercado al salir de la prepa para comprar lo que le hacía falta.  
Dionisio regresó cerca de las tres de la tarde con todos los encargos de la abuela, pero al abrir la puerta de la casa percibió un intenso olor a quemado.
Doña Chinta que rezaba el rosario arrodillada a los pies del nicho de San Dionisio, volteó a verlo con los ojos enrojecidos sin dejar de rezar. El muchacho se dirigió a la estufa y apagó la olla del guisado  achicharrado y presintió que algo terrible había sucedido. Y como fue.
Cuando su abuela terminó el rosario, se levantó y antes de que él pudiera hacerle una pregunta, ella exclamó quejosa:
 -¿Por qué hijo, por qué? Desde que llegaste a esta casa no he hecho otra cosa más que enseñarte el camino del bien-.
Doña Chinta estalló en sollozos desgarrados al sentenciar:
-¡Pecador, pecador! Se te ha metido el mismísimo demonio… la lujuria… la codicia…  ¡Dios mío! Y ahora… ¿qué va a ser de ti?
Al escuchar aquellas palabras Dionisio supo que había estado ahí el padre Aniceto. Él y sólo él sabía de su visita a casa de la Tulia con su padrino, de que había estado con una de sus chicas, de sus escapadas por las noches para volver por su propio pie, no una, ni dos, sino cuatro veces, del dinero tomado  del escondite de la abuela. Sólo alcanzó a balbucear… el pa…padre, verdad?  ¿Y el se… secreto de confesión?
-Era su deber advertirme, contestó doña Chinta entre gemidos. Entiende que vas al camino de la perdición Dionisio, él vino a salvarte.
            No quiso escuchar más y salió encolerizado azotando la puerta. No sabía a dónde ir y empezó a caminar sin rumbo sin dejar de recriminarse una y otra vez el haber confiado en el indiscreto padre Aniceto. Si no era la primera vez ¡no! Cuando era apenas un niño y le pidió que le cambiara de nombre porque le daba miedo llevar el del santo descabezado, también fue a contárselo a la abuela y ella lo castigó sin salir a jugar hasta que se aprendiera- palabra por palabra- la historia de aquél mártir que tanta risa le daba a su padrino.
            “Dionisio fue el primer obispo de París y fundó muchas iglesias pero tras ser perseguido por Aureliano en el año 272,  fue decapitado y anduvo durante seis kilómetros con su cabeza bajo el brazo, atravesando Montmartre, por el camino que, más tarde, sería conocido como la calle de los Mártires y que al  término de su trayecto le entregó su cabeza a una piadosa mujer descendiente de la nobleza romana, llamada Casulla, y después se desplomó.”   
            Tres días más tarde, al terminar las fiestas de la parroquia el padre Aniceto encontró a Dorotea, su amadísima cacatúa, con el albo plumaje manchado de sangre y la cabeza sujeta entre sus patas.


Febrero 12, 2014
Tema: El loro pelado
Horacio Quiroga
Taller BCD


A la hora de la siesta

Una mañana de mayo allá por el año de 1970, mi hermana y yo decidimos darnos una vuelta por el empedrado barrio del viejo Coyoacán donde se instalaba un mercado de pulgas. Nos quedaba a tan sólo siete cuadras del convento de las Madres Franciscanas que funcionaba como internado para estudiantes de provincia. Sólo íbamos a mirar, pues en aquella época apenas si nos alcanzaba la mensualidad para ir al cine cada quince días. Caminábamos de puesto en puesto admirando objetos antiguos cuando de repente me topé con un mueble que me hizo retroceder diez años en un instante.
 ¡No! ¡No puede ser! Ahí estaba el pequeño taburete semicircular tapizado en tela de gobelino con sus patitas en forma de cono de helado que alguna vez fue parte del mobiliario de la recámara de mis padres. ¿Sería el mismo? Quién sabe, pero si no,  era una réplica exacta del mismo alzapiés donde me pasaba una hora diaria repitiendo la cartilla mientras mi papá dormía la siesta… eme a …eme a… mamá,  ene i …eñe o…niño, … eme e… ese a…mesa, …
 No pude resistir las ganas de volverme a sentar en él. Al acariciar la tela rugosa del forro, una lluvia de imágenes llegó de improviso; las tardes en el patio de la dueña de la "Sombrerería El Castor” que se encontraba en la calle Hidalgo, frente a mi casa; el rostro de doña Amelia Herrera – la maestra- sus ojos exageradamente pintados con lápiz negro, el olor intenso de su polvorete y su bigote entrecano que me provocaba pesadillas, su andar despacito mostrando su  enorme joroba, sus manos  huesudas de uñas largas y puntiagudas que sostenían  la vara con la que nos propinaba un “estate quieto” ante cualquier distracción… ¡y es que había tantas cosas que ver!
Mientras deletreábamos la cartilla, hacíamos rechinar el plástico que cubría el antiguo sofá; observábamos  a  las gallinas corretear por la cocina o al viejo perro peludo que nos miraba indiferente, triste y aburrido; escuchábamos el gorjeo de los guajolotes que venía desde el corral y el trinar de los canarios que volaban desesperados de un lado a otro en su jaula… y así,  todos los días hasta que del enorme reloj de pared salía el cucú que nos avisaba que la clase había terminado y esperábamos con ilusión la  paleta de hielo con sabor a limón que a veces doña Amelia nos daba de premio.
Me acomodé en el taburete que ahora resultaba incómodo y pequeño,  las rodillas me quedaban a la altura del pecho y me obligaban a estar casi en posición fetal, más al evocar a mi papá escuchando mi sonsonete a la hora de la siesta, sonreí con una mueca que bien podría llamarse… ¿nostalgia?
Taller BDC
Marzo 2011