viernes, 7 de diciembre de 2012

El hijo de Monche

Yo leía su blog muchos años antes de que sus artículos fueran publicados en un diario de la localidad, a su vez, él leía el mío e intercambiábamos comentarios y opiniones. Es cierto que la mayoría de las veces nos echábamos flores como también lo es que cuando no coincidíamos nos enfrascábamos en sendas y sabrosas discusiones que en ocasiones derivaban en un largo chateo. Ya las extraño.
La primera vez que visité su página por recomendación de un amigo, sentí curiosidad por saber el motivo del título “Una humilde flor para Monche” y, debo confesar que quedé sorprendida pues quién solía definirse a sí mismo como “guabino”, cuyo significado según sus propias palabras es “un parroquiano del Bar La Guabina que cada sábado ocupa siempre la misma mesa, la ubicada en la esquina noreste del establecimiento… esta Mesa se constituye en el lugar para pasar un buen rato y olvidar las presiones de la vida cotidiana entre chismes, cuentos, embustes, patrañas, chistes, bromas, burlas, chacotas, guasas, carcajadas, risotadas, jolgorios, tragos, copas, cervezas y uno que otro insulto –que no trasciende- Pues bien, decía que me sorprendió que este parroquiano amigo de la chacota, le hubiera dedicado el blog a su madre y se presentara sencillamente como: “Hijo de Monche y el profesor Chávez, esposo de Sura, papá de Pingo y de Guille, columnista, ciudadano y hombre feliz”. [http://ramari.blogspot.com.es/2009/01/la-franja-de-guabina.html]
Además de la sencillez en la forma de abordar sus temas, tenía la particularidad de encontrar el sentido de las pequeñas cosas cotidianas; escudriñar en los sentimientos de las personas que salían a su paso e imaginar toda una historia en torno a ellas bajo su aguda percepción; contar anécdotas a modo de analogías para mostrarnos el escenario de la nota del momento; hacer propuestas para resolver los conflictos donde ponía de manifiesto su sentido común y gran calidad humana.
Analítico hasta la médula, desmenuzaba los párrafos de una carta, un curso o un proyecto hasta encontrar lo que lo podría hacer inviable para luego proponer las modificaciones buscando siempre obtener óptimos resultados. Todo esto lo constaté cuando tuve la suerte de participar en varios talleres sobre medio ambiente y desarrollo sustentable impartidos por él. ¡Tantas cosas que aprender y el tiempo cada vez más escaso!
Coatzacoalquense por adopción, porque él era de Poza Rica de Hidalgo, Ver., le tenía un gran cariño a nuestro puerto y sabía más de su historia que muchos nacidos aquí. Le nombraba “el sitio de Ce Acatl Topiltzin Quetzalcóatl” y lo hacía patente en su blog sobre una bella toma del río Coatzacoalcos desde las escolleras.
Ahora a él también le tocó abordar la balsa de serpientes y perderse en el horizonte. Ni hablar, para allá vamos todos, mientras tanto sé que lo veré sonreír cada vez que abra su página.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

En palo de rosa

Los detalles de la habitación que compartí con mis tres hermanas aún permanecen frescos en mi memoria. Entre aquellos muros pintados en un suave y cálido palo de rosa transcurrieron los momentos más vívidos de mi lejana infancia.
La recámara estaba ubicada al final de un largo pasillo tapizado de libreros y era la más grande de la casa. La gruesa puerta de la entrada era en madera color cereza, tomando en cuenta la cornisa en la parte superior del marco, debía medir como tres metros de altura. En el interior, el mobiliario estaba hecho a la medida, en un tono marfil veteado que contrastaba armoniosamente con las paredes y el verde seco de los mosaicos del piso que encuadraban el dibujo de una solitaria fleur de lis. El cabezal de una sola pieza de cuatro metros de ancho, servía de respaldo a dos grandes camas separadas en el centro por un buró con dos cajones pequeños. El tocador, empotrado en una de las paredes laterales, se coronaba con un espejo inmaculado, circular y sin marco. Frente a éste, un mullido taburete redondo y de bajo respaldo forrado con una tela lisa y rosácea que hacía juego con las sobrecamas.
El mueble más sobresaliente era la enorme cómoda del mismo ancho del cabezal con doce gavetas, tres para cada una; la de arriba tenía llave para que guardáramos las cosas personales, la segunda era para la ropa interior y los pijamas, mientras que la tercera estaba destinada a los trajes de baño, los shorts y las playeras. Como dato anecdótico, no puedo dejar de mencionar que en ese entonces, los permisos estaban supeditados a la minuciosa revisión que mi madre hacía al closet y a los cajones; si ella encontraba algo fuera de lugar, no había llanto ni súplica válida que la hiciera desistir de su negativa.
Sobre la cómoda estaban alineadas pequeñas figuras; unas de porcelana y otras de pasta; réplicas de santos y vírgenes, que a decir de mi madre, eran los que nos protegían. Cada una tenía la suya, la mía era Santa Rosa de Lima y en su base se guardaba un rosario de filigrana que había pertenecido a mi abuela paterna. A mí la que más me llamaba la atención era la imagen del ángel de la guarda que colgaba de la pared, justo al centro de las dos camas, que con sus palmas unidas, su mirada y su sonrisa benevolente nos contemplaba desde lo alto a la hora de rezar antes de acostarnos a dormir.
Lo único que rompía con toda esta ordenada pulcritud y simetría, era un tocadiscos portátil color magenta. La consola estaba en la sala y casi nunca nos dejaban estar en ese lugar de la casa, así que mi madre accedió a que colocáramos el “moderno” aparato importado y los discos favoritos de cada una, en la esquina de la cómoda, al lado de los “santitos”. En aquel tiempo la televisión aún no llegaba a mi ciudad, así que el momento mágico del día era cuando regresábamos del parque y antes de que nos llamaran para la cena. Le llamábamos “la hora del tocadiscos”. Sacábamos todos los juegos del baúl y poníamos el cuarto de cabeza; bailábamos con las canciones de Cri-Crí o escuchábamos atentas las estupendas narraciones de nuestra colección de cuentos infantiles. Nos reíamos hasta las lágrimas cambiando las revoluciones de 33 a 45 ó 78 a modo de travesura. Más tarde nos dio por disfrazarnos y cantar usando los cepillos como micrófonos para imitar a nuestros ídolos de las películas de aquel entonces: Rocío Dúrcal y Marisol.
Hoy, la nostalgia me transporta hacia aquellos muros pintados en palo de rosa que cobijaron los breves instantes - de eufórica libertad- que compartimos esas cuatro niñas que jugaban a vivir,  y ... cierro mis ojos para escuchar de nuevo sus risas.



viernes, 7 de septiembre de 2012

la carta del viento



                   Hace unos días escuché al viento ulular con fuerza detrás de los cristales, corrí a cerrar la puerta del balcón, pero ya era tarde, una ráfaga impetuosa había tapizado la estancia de papeles amarillos y hojas secas. En medio de aquel desorden, encontré esta carta y entonces todo cobró sentido… está fechada el día primero de abril del año 2003.

Dice así.

                Querida amiga… he vuelto a cumplir la promesa que te hiciera en tu infancia, te preguntarás por qué hasta ahora si tantas veces me invocaste, si fui tu obsesión desde siempre, quizá desde que naciste como bien lo señala Enrique y es que… ¿cómo olvidar que casi a diario me escribías, me invitabas, me retabas …

              He vuelto porque te extraño… añoro aquella vehemencia con la que te proclamabas “la hermana del mar cuando rugiendo despedaza en las playas su locura” cuando asegurabas “ser la loca enamorada del torrente, la novia apasionada de la bruma” y vibrabas sólo en la tormenta, pues tu lira, tu lira no conocía de rutinas… no quiero verte más así, en esa mansedumbre, ¿qué ha pasado con el odio que sentías por los estanques y las aguas quietas?

              ¿Te reconoces? claro, es aquel poema que titulaste “Retrato” en el que le gritaste al mundo “yo soy de tempestad y no de calmas, hay huracanes dormidos en el fondo de mi alma”

               Si no vine antes a llevarte conmigo es porque tu canto a los árboles me provocaba celos, me confundía cuando pregonabas…“a veces me siento como el viejo zuluzúchil de mi pueblo, tan enraizado en su arena, tan indiferente al vuelo” y ya no sabía si querías echar raíces o todavía deseabas mis alas. Hoy ya no tengo dudas, has vuelto a invocarme con el frenesí de antaño y vengo a cumplir mi promesa, no te aflijas, ya he llevado tus penas al mar, como tú querías… para poder arrancar tus raíces de esta tierra a la que le has puesto mi nombre, en mis brazos podrás volar sobre esta isla verde que tanto amas, sobre el río, los pantanos y los médanos que hiciste tuyos, así sin pesares, libre de congojas y nostalgias ….con esa fragilidad de hoja que tantas veces soñaste.

              ¡Vámonos! He venido del norte para llevarte conmigo.

             ¡Vámonos… soy el viento… tu viejo amigo!









viernes, 24 de agosto de 2012

A la vuelta de la esquina


   Diez minutos después de las doce de la noche, la borrasca parecía no tener fin, se había ido la luz, el agua golpeaba con fuerza los vidrios de las ventanas, la casa se cimbraba con el ruido estrepitoso de los truenos que habían despertado a los niños, los que ni tardos ni perezosos, se refugiaron en la cama de su madre. El calor era insoportable y bochornoso pero ahí estaban los tres apretujados con los ojos abiertos de par en par, desconectados del mundo y ajenos por completo a lo que sucedía allá afuera.
   El decidió no esperar más, la tormenta no amainaba, el teléfono no daba línea y no había forma de saber de su familia. Los imaginaba aterrorizados y ese solo pensamiento lo hizo tomar la determinación de buscar la forma de llegar hasta ellos a como diera lugar. Al salir, la tempestad lo recibió a latigazos y lo empapó hasta los huesos, perdió el equilibrio, intentó levantarse sin éxito y continuó a gatas hasta la puerta del auto. Se vio ahí, sentado en el suelo, cegado por la copiosa lluvia que no le permitía ver más allá de su nariz. Pensó en regresar a resguardarse, pero la duda sólo duró unos segundos, con la llave en la mano batalló para atinarle a la cerradura, cuando por fin pudo abrirla metió su mano para aferrarse a la agarradera interior, se introdujo en el auto forcejeando con el viento que amenazaba con arrancársela. El no se lo permitió. Tardó unos minutos en recuperarse del esfuerzo y procedió a quitarse camisa, zapatos y calcetines, se arremangó los pantalones y encendió el motor, las luces largas y los wipers.
   Avanzó casi adivinando, la visibilidad era casi nula, aún así llegó hasta la esquina de su casa y estacionó el auto de forma que el viento le permitiera abrir la puerta. Era el año de 1979, vivía a tan sólo dos cuadras del mar, no había pavimento y el torrente en las bocacalles formaba grandes ríos de lodo que llegaban hasta la playa. Descalzo y semidesnudo se aventuró a cruzar a nado el arrollo, pero justo antes de alcanzar la orilla la corriente lo atrapó y lo arrastró entre piedras y palos cual muñeco de trapo.
No pudo pegar el ojo en toda la noche. El diluvio cesó hasta al amanecer, los niños dormían plácidamente a su lado, se levantó con cuidado para no despertarlos. Descolgó el teléfono, seguía sin dar línea. La luz no había regresado. En eso escuchó que alguien hablaba a los gritos en la puerta. Ella se puso algo encima y se asomó por la ventana de la cocina sin poder dar crédito a lo que veían sus ojos.
   Los vecinos lo habían encontrado inconsciente y cubierto de lodo atrapado entre piedras a la vuelta de la esquina.
   -¡Está vivo! Dijo uno de ellos. – Sólo que al parecer se golpeó la cabeza cuando lo arrastró la corriente. Ella abrió la puerta, les dio las gracias y les pidió que lo colocaran en el sofá.
   Dos meses después, veían en la televisión la historia de unos pescadores que se habían perdido en el mar durante una tormenta, sólo habían encontrado la lancha y tres días más tarde, los cuerpos sin vida habían aparecido en una playa lejana.
   El se sonrió y dijo: -Yo tuve suerte, pude haberme ahogado aquí nada más, a la vuelta de la esquina.

martes, 7 de agosto de 2012

Tributo a Rosario







(…) para que me recuerden

-después, cuando yo muera-

aquellos que me amaron.

Rosario Castellanos



“Valorar en toda su amplitud una obra como la de Rosario Castellanos, es una labor imposible. Su biografía tan llena de acontecimientos, llega casi al lugar de lo insuperable; la situación de ser mujer no fue un obstáculo para lograrlo, más bien fue una condición sabiamente aprovechada, ya que Rosario superó, en mucho, a la escritora que llevaba dentro de sí; a pesar de esto, su trabajo literario llega a superficies altísimas de estética pura, de esencias y logros. Rara situación de literato en la que los actos logrados en la vida, coinciden íntimamente con la expresión escrita. No hay fraude, ni pose, ni aprovechamiento de circunstancias fortuitas. Rosario sólo vive para lo que piensa y cree. No hay más”.
Oscar Bonifaz autor de “Una lámpara llamada Rosario”, escribe estas líneas sin poder ocultar sus sentimientos y aunque la obra pretende ser una biografía, va más allá, es un ensayo en el que recopila todos los versos de su obra poética en los que aparece paradójicamente la palabra: lámpara. Yo tuve la oportunidad de conocerlo en un viaje que hice con la escritora Lourdes Marín y la fotógrafa Andrea España hace varios años hacia la “Ciudad de las nueve estrellas” del cual escribí una crónica de la que rescato un fragmento a propósito de conmemorar la despedida de una de las figuras mexicanas de mayor y mejor consistencia literaria y humana. 


CRÓNICA DE UNA VISITA AL COMITÁN DE ROSARIO. (fragmento)

El diluvio de la mañana del seis de agosto no representó un obstáculo para partir hacia Comitán Chiapas. Los preparativos para asistir a la conmemoración del XXX aniversario luctuoso de Rosario Castellanos, habían sido cuidadosamente planeados con toda antelación. No desistimos, y afortunadamente el cielo de la isla verde se abrió para despedirnos.

El trayecto fue un regalo para los sentidos, conforme nos adentrábamos en territorio chiapaneco, el paisaje se fue transformando de selva tropical a zona boscosa. La naturaleza nos mostró orgullosa su vasta gama de tonalidades y contrastes en espléndidos escenarios de abundancia y belleza.

Llegamos a nuestro destino después del atardecer. A modo de bienvenida disfrutamos a contraluz la escultura de Las Canasteras de Luis Aguilar que se yergue majestuosa en una de las esquinas de la plaza central. Escuchamos la música que provenía de los portales donde un conjunto de mariachis cantaba al compás de los corazones de una pareja de enamorados. Aquel ambiente de armonía y felicidad que se respiraba en la otrora Balún Canán de Rosario, nos motivó a suspirar complacidas en el jardín de la posada frente al parque donde nos alojamos.

Al día siguiente, despertamos con el repiquetear de las campanas de la Iglesia de Santo Domingo, desayunamos en los portales frente a la hermosa plaza principal. Después del desayuno, atravesamos la plaza hacia el “Centro Cultural Rosario Castellanos” donde daría inicio el programa conmemorativo en el cual el profesor Oscar Bonifaz impartiría una conferencia.

(…)No me toques el brazo izquierdo

duele de tanta cicatriz,

dicen que fue un intento de suicidio,

pero yo no quería más que dormir,

profunda, largamente,

como duerme la mujer que es feliz.

Así... evocándola con profundo respeto y sentimiento, Oscar Bonifaz recitó las líneas de la “Advertencia que llega” de Rosario, dejando en el ambiente la nostalgia del recuerdo para concluir su intervención haciéndose el mismo la pregunta que invariablemente le plantean:
“¿Qué si estuve enamorado de Rosario?

Sí. En el más alto y puro concepto del amor”.

No me queda más que exteriorizar lo que ahora pienso después de haber visitado aquel espacio en el que compartieron, infancia e inquietudes, Jaime Sabines y Rosario Castellanos. Ella... no murió aquel siete de agosto de 1975 al encender la lámpara de su mesita de noche en la Embajada de Israel. La sentimos respirar en cada piedra de los pasillos del Centro Cultural, dedicado a su memoria; la vimos en la ceiba gigantesca del atrio de la Iglesia de San Caralampio que sigue meciéndose con su poesía; escuchamos gritar su nombre en la madera labrada de los estanquillos y la sentimos vibrar-muy fuerte- en el aire del extenso valle de su Balún Canán.


“Y quien trasciende, no muere, alumbra.
Y su obra queda aquí, ardiendo como una lámpara”
Óscar Bonifaz.



miércoles, 4 de julio de 2012

Llovizna de Silencio (prólogo)



“No es que el poeta busque la soledad, es que la encuentra.”

Rosario Castellanos


El silencio proclama un acto de soledad ineludible que obliga a escucharnos respirar dentro de nosotros mismos en la quietud imperturbable de nuestro espacio más íntimo, ese que nos confiere la gracia de olvidar el tiempo, para deslizar, sin prisas, la pluma en el papel. Papel que recibe, en esa intimidad silenciosa, los trazos que emanan del interior acompañados de suspiros imperceptibles que logran aliviar el alma del poeta, que busca sólo eso, nada más.

Dice Octavio Paz en su texto Sobre el oficio del poeta: “La vocación poética comienza por un amor inusitado por las palabras, por su color, su sonido, su brillo y el abanico de significados que muestran cuando, al decirlas, pensamos en ella y en lo que decimos. Este amor no tarda en convertirse en fascinación por el reverso del lenguaje, el silencio. Cada palabra dice y calla algo. Saberlo es lo que distingue al poeta de otros enamorados de la palabra. Desde el principio el poeta sabe, oscuramente, que el silencio es inseparable de la palabra: es su tumba y su matriz, la tierra que lo entierra y la tierra que lo germina”

En su oficio de poeta, Lourdes Marín me ha permitido conocer la fuerza de su espíritu inquieto que navega entre dos aguas; el sentimiento y la razón. Ahora pone en mis manos este compendio de expresiones, que me llevan a recordar su complicidad con el misticismo de Malinalli, que me invitan a visitar el cálido santuario de sus versos -una bienvenida que acaricia mis sentidos- me convidan a beber de su fuente de instantes para conocerla en todas sus facetas, me guían a través de los senderos de su inspiración, me comparten las obras de sus cófrades, y sin escatimar, me ofrecen una mirada al universo, a la historia, a su patria, en un homenaje a la literatura mexicana en la que aflora su versatilidad.

Versatilidad, característica que hace referencia a la capacidad de alguien para adaptarse a distintas funciones, adjetivo que la califica con mención honorífica, pues quien la ve en las primeras horas del día, enfundada en ropa deportiva salir de casa rumbo al gimnasio; o más tarde, siempre impecable, ocupar el sillón de su escritorio desde donde ejerce su profesión y conversa asequible con los amigos que la visitan; escucharla en una conferencia sobre Haití; narrar sus peripecias en China, o sus convicciones sobre desarrollo humano, no puede adivinarla en esa intimidad que el silencio proclama, es como imaginar a Sor Juana haciendo aerobics en mallas y leotardo, o a Jaime Sabines proclamándose el último de los optimistas.

Ella es así, impredecible y versátil, en Lourdes Marín de Muñoz perviven en armonía la mujer introspectiva y la espontánea, la sensibilidad y la audacia, la exitosa empresaria y la amiga incondicional que se comparte generosa en una Llovizna de Silencio.











viernes, 1 de junio de 2012

Sabines, el orbe y yo


“Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente...” (1)
Hoy cito a Sabines, porque se ajusta al escenario exacerbado de estos tiempos.-El escribió que - el  hombre se traga al hombre – y aunque suene irreverente, así  ha sido desde siempre. Hoy, el orbe está exaltado, atarragado, colmado. Ha llegado de nuevo a los excesos y comienza a derramarse. Requiere de un peritaje, necesita revaluarse. Es preciso e inevitable. Cuando un río se desborda, pierde el control, la forma y  la corriente se lleva todo lo que está a su paso. Más luego vuelve la calma y  el río vuelve a su cauce,  y vuelven también  los peces a su espacio y vuelve  la continuidad,  y todo pasa,  siempre pasa...
“Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se come al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida – no tú ni yo-, la vida, sea para siempre” (1)
Actualmente estamos informados, el hombre ha creado los medios, y la tecnología avanza día con día para saber lo que sucede en el planeta, segundo a segundo. No sé si para bien o para mal. La voz del mundo ya no se puede callar. Y se oiga lo que se oiga, se diga lo que se diga, se nombre como se nombre, se culpe a quien se culpe, ya no se podrá evitar, pues el orbe se ha desbordado e igual que el río, crecerá arrasando, devastando, pero todo -esto es seguro -todo pasará.

“Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble. Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento”. (1)
A mí me encanta Sabines y apago el televisor. No hay nada nuevo en el mundo,  tan sólo cambia de voz. Mejor disfruto al poeta, a este imprescindible autor con su “voz inconfundible”, como alguna vez dijera Octavio Paz.
Aunque todos estamos muriendo, hoy, todavía no me toca, mañana, el año que entra o esta noche quizás. No  voy a preocuparme, porque aún puedo decidir lo que quiero y lo que hago con mi tiempo. Por eso prefiero seguir leyendo, pues soy curiosa y hoy quiero saber por qué, un día,  Alí Chumacero, definió a Sabines, así, de ésta manera; -Arcilla siempre, desilusión en ocasiones, rechazo de lo puramente estético, enemistad con lo retórico, gusto por lo informal, vehemencia de los sentidos, alegría del polvo enamorado,  todo eso que consolida el destino de quienes viajamos en el Arca de Noé, se torna en su pluma un lamento que habrá de sobrevivir-.
        
“Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia- se agita y crece- cuando Dios se aleja.” (1)
Ya concluyo. Me gusta Sabines, y me encanta compartir pensamientos. Otro párrafo de “Me encanta Dios”, sólo uno más, el último:

“Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer más amada, el perrito y la pulga, la piedra más antigua, el pétalo más tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy”.
“A mí me gusta, a mí me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios”
 (1) Me encanta Dios. Jaime Sabines. 1993.

domingo, 13 de mayo de 2012

Saramago mente-cuerpo


La lectura es para la mente lo que el ejercicio para el cuerpo

viernes, 27 de abril de 2012

Manolo

- No te pido que me lo cuentes todo, tienes derecho a guardar tus secretos, con una única e irrenunciable excepción, aquellos de los que dependa tu vida, tu futuro, tu felicidad, esos quiero saberlos, tengo derecho, y tú no me lo puedes negar.-
                                                                Saramago

Adiós cuerpo de verdades...


martes, 17 de abril de 2012

hombre-animal

Me duele ver esta imagen

"El estúpido orgullo de un hombre poderoso y
el injusto final de un animal majestuoso"





http://joseppamies.wordpress.com/2012/04/24/preciosa-y-valiente-carta-al-rey-juan-carlos/



domingo, 12 de febrero de 2012

Thanks Whitney !



















Dad;
I sent you a present yesterday.
Enjoy it!
http://www.youtube.com/watch?v=8QaI-M9sxW4






miércoles, 8 de febrero de 2012

martes, 7 de febrero de 2012

Mis tardes con Margueritte

Un encuentro poco corriente
entre el amor y la ternura,
no había otra cosa.

Tenía nombre de flor
y vivía entre palabras,
adjetivos de lo más estirados
verbos que crecían como la hierba,
algunos se quedaban.

Entró suavemente
desde la corteza
hasta mi corazón.

En las historias de amor
hay más amor,
a veces...
no hay ni un “te quiero”
pero se quieren.

Un encuentro poco corriente
la conocí por casualidad
en el parque
no ocupaba mucho
el tamaño de una paloma
con sus plumitas.

Envuelta en palabras,
en nombres,
como el mío.

Me dio un libro, otro
y las páginas se iluminaron.

No te mueras ahora,
hay tiempo,
espera.

No es la hora, florecilla
dame un poco más de ti
dame un poco más de tu vida.

Espera…

En las historias de amor
hay más que amor,
a veces...

no hay un “te quiero”
pero se quieren.






gracias Miguel