miércoles, 12 de septiembre de 2012

En palo de rosa

Los detalles de la habitación que compartí con mis tres hermanas aún permanecen frescos en mi memoria. Entre aquellos muros pintados en un suave y cálido palo de rosa transcurrieron los momentos más vívidos de mi lejana infancia.
La recámara estaba ubicada al final de un largo pasillo tapizado de libreros y era la más grande de la casa. La gruesa puerta de la entrada era en madera color cereza, tomando en cuenta la cornisa en la parte superior del marco, debía medir como tres metros de altura. En el interior, el mobiliario estaba hecho a la medida, en un tono marfil veteado que contrastaba armoniosamente con las paredes y el verde seco de los mosaicos del piso que encuadraban el dibujo de una solitaria fleur de lis. El cabezal de una sola pieza de cuatro metros de ancho, servía de respaldo a dos grandes camas separadas en el centro por un buró con dos cajones pequeños. El tocador, empotrado en una de las paredes laterales, se coronaba con un espejo inmaculado, circular y sin marco. Frente a éste, un mullido taburete redondo y de bajo respaldo forrado con una tela lisa y rosácea que hacía juego con las sobrecamas.
El mueble más sobresaliente era la enorme cómoda del mismo ancho del cabezal con doce gavetas, tres para cada una; la de arriba tenía llave para que guardáramos las cosas personales, la segunda era para la ropa interior y los pijamas, mientras que la tercera estaba destinada a los trajes de baño, los shorts y las playeras. Como dato anecdótico, no puedo dejar de mencionar que en ese entonces, los permisos estaban supeditados a la minuciosa revisión que mi madre hacía al closet y a los cajones; si ella encontraba algo fuera de lugar, no había llanto ni súplica válida que la hiciera desistir de su negativa.
Sobre la cómoda estaban alineadas pequeñas figuras; unas de porcelana y otras de pasta; réplicas de santos y vírgenes, que a decir de mi madre, eran los que nos protegían. Cada una tenía la suya, la mía era Santa Rosa de Lima y en su base se guardaba un rosario de filigrana que había pertenecido a mi abuela paterna. A mí la que más me llamaba la atención era la imagen del ángel de la guarda que colgaba de la pared, justo al centro de las dos camas, que con sus palmas unidas, su mirada y su sonrisa benevolente nos contemplaba desde lo alto a la hora de rezar antes de acostarnos a dormir.
Lo único que rompía con toda esta ordenada pulcritud y simetría, era un tocadiscos portátil color magenta. La consola estaba en la sala y casi nunca nos dejaban estar en ese lugar de la casa, así que mi madre accedió a que colocáramos el “moderno” aparato importado y los discos favoritos de cada una, en la esquina de la cómoda, al lado de los “santitos”. En aquel tiempo la televisión aún no llegaba a mi ciudad, así que el momento mágico del día era cuando regresábamos del parque y antes de que nos llamaran para la cena. Le llamábamos “la hora del tocadiscos”. Sacábamos todos los juegos del baúl y poníamos el cuarto de cabeza; bailábamos con las canciones de Cri-Crí o escuchábamos atentas las estupendas narraciones de nuestra colección de cuentos infantiles. Nos reíamos hasta las lágrimas cambiando las revoluciones de 33 a 45 ó 78 a modo de travesura. Más tarde nos dio por disfrazarnos y cantar usando los cepillos como micrófonos para imitar a nuestros ídolos de las películas de aquel entonces: Rocío Dúrcal y Marisol.
Hoy, la nostalgia me transporta hacia aquellos muros pintados en palo de rosa que cobijaron los breves instantes - de eufórica libertad- que compartimos esas cuatro niñas que jugaban a vivir,  y ... cierro mis ojos para escuchar de nuevo sus risas.



1 comentario:

  1. Me hiciste recordar y revivir aquella epoca. Que lindo!!!

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